
“Pude abrirme de la cápsula en la que la sociedad nos encierra a los hombres”
Emerson Ampuero Gutiérrez pronuncia estas palabras con la voz serena, pero cargada de sentido. Durante años, como muchos otros jóvenes, aprendió que ser hombre significaba callar lo que duele, sostener una imagen de fortaleza permanente y reproducir actitudes que nunca cuestionó. Hace unos meses, después de participar en el Encuentro “Jóvenes construyendo nuevas masculinidades: Por una vida libre de violencias y con igualdad”, reconoce que ese molde no solo limita, sino que también hiere.
Durante dos días, jóvenes de distintas organizaciones de El Alto y La Paz se reunieron en un espacio seguro, pensado especialmente para varones, con un objetivo profundo: mirarse hacia adentro, cuestionar el machismo aprendido y explorar otras formas posibles (y más humanas) de ser hombre.

El encuentro reunió a participantes que ya habían transitado procesos previos de formación en masculinidades alternativas impulsado por las Comunidades Libres de Violencia con el apoyo de Mensen Met een Missie. Esta vez, la reflexión fue colectiva y más profunda: ¿Cómo se construyó la idea del “hombre perfecto”? ¿Qué costo emocional tiene sostenerla? ¿Y qué responsabilidad tienen los hombres en la prevención de la violencia?
A través de dinámicas participativas, diálogos honestos y actividades creativas, los jóvenes identificaron cómo la familia, la escuela y la sociedad imponen roles de género rígidos. Reconocieron que no existe una única masculinidad y que los hombres también sienten miedo, tristeza, ternura y amor; también cuidan, cocinan, tejen, acompañan y lloran.
“Entendí que las masculinidades no son una sola forma de ser hombre”, explica Emerson. “Este proceso me permitió cuestionar actitudes machistas y patriarcales que asumimos casi sin darnos cuenta. Pero también me dio herramientas para replicar lo aprendido con mis amigos, mi familia y mi comunidad. De eso se trata: de compartir y seguir aprendiendo”.
El primer día cerró con un espacio terapéutico que permitió a los participantes conectar con emociones largamente reprimidas. Hablar de afectividad, vínculos y sexualidad desde el respeto y la responsabilidad fue, para muchos, una experiencia inédita. El segundo día profundizó en el autocuidado, la gestión emocional y la empatía como pilares fundamentales para relaciones más sanas y libres de violencia.

David Quispe, del Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza, reflexiona desde lo cotidiano: “Tal vez no vamos a cambiar todo de golpe, pero cada espacio como este es una semilla. Si no cambia nuestra generación, cambiará la que viene. En mi familia y en lo social ya no pienso que un hombre tiene que comportarse de una sola manera. También podemos cuidar, apoyar y compartir responsabilidades”.
Para Ezequiel Sandoval, joven de la organización Levántate Mujer, hablar de masculinidades alternativas también es hablar de salud mental. “La masculinidad tóxica no solo genera violencia hacia otros, también hacia nosotros mismos. Este proceso nos ayuda a identificar qué conductas nos hacen daño y a prevenir situaciones extremas como el suicidio. Nos abre la mente y nos permite construir relaciones más fraternas, más pacíficas”.
La música, el juego y la expresión corporal acompañaron el proceso como lenguajes alternativos para decir lo que a veces cuesta nombrar. En cada actividad se reforzó una idea central: el machismo no se desarma solo con discursos, sino con voluntad, compromiso y procesos sostenidos de transformación personal.
Desde el acompañamiento institucional, Elizabeth Gareca, Coordinadora País de Mensen Met een Missie, destacó que la igualdad solo es posible si se trabaja también con los hombres. “En Bolivia persisten masculinidades machistas y violentas. Apostar por masculinidades alternativas, liberadoras y no violentas, es formar varones con otra forma de relacionarse con las mujeres, con otros hombres y consigo mismos. Estos espacios permiten que los jóvenes identifiquen violencias en su propio discurso y empiecen a cambiar”.
El encuentro dejó una certeza compartida: estos procesos no pueden ser aislados ni esporádicos. Necesitan continuidad, réplicas y acompañamiento. Los propios jóvenes lo expresaron con claridad: quieren seguir aprendiendo, profundizando y llevando estos debates a otros espacios.
Porque construir nuevas masculinidades no es un destino, sino un camino. Un camino que, paso a paso, abre la posibilidad de una sociedad más justa, más empática y verdaderamente libre de violencias.