Es el año 2019 y una mujer inicia su trabajo como servidora pública. Allí se encuentra con un hombre que acosa y abusa a sus compañeras de trabajo, aprovechándose de la situación de vulnerabilidad económica en la que se encuentran, puesto que son madres, gestantes y/o en periodo de lactancia. La mujer presencia la situación en la que se encuentran sus compañeras y decide no callar. Empieza pidiendo ayuda a las autoridades, pero sus súplicas son en vano. Como suele ocurrir, a las mujeres no se les cree. Es entonces cuando diseña un plan por su propia cuenta. Deja que el hombre se acerque a ella haciéndole creer que es cómplice para obtener un testimonio grabado de su comportamiento hacia las mujeres. De nuevo, esta vez con pruebas, nadie le cree. A partir de entonces empieza a sufrir acoso laboral, lo que la conduce a manifestar conductas depresivas, las cuales se agravan por la situación de violencia de género que vive en su casa. No es hasta que empieza a buscar ayuda externa que un hombre le cree y le brinda su apoyo. Esto la hace recobrar las fuerzas para continuar denunciando por distintos medios, incansable hasta que se haga justicia, pero temiendo acabar asesinada como Juana Quispe. Por suerte, al final consigue que se condene al hombre. Termina su relato diciendo: “Me costó mucho y al final me sacaron de la alcaldía, pero aquí estoy y sigo viva”.

Esta es solo una de las historias que se compartieron el pasado viernes 13 de marzo en el patio del Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza (CPMGA), donde se reunieron más de 100 mujeres en un espacio comunal denominado “Acullicando Historias – El problema no somos nosotras” para denunciar la violencia política y laboral que han sufrido y continúan sufriendo las mujeres de El Alto.
El testimonio de esta mujer destapa las desigualdades de género estructurales de las que son víctimas las mujeres en la política. Se les acosa, no se les cree cuando alzan su voz para denunciar, frecuentemente haciéndolas perder su trabajo y deteriorando su salud mental y física y, en casos extremos, haciéndolas temer por su vida. No es un caso aislado. Así como en la política, las mujeres también enfrentan desafíos en el campo de la economía informal, al cual muchas veces son relegadas sin llegar a tener otra opción.
Es el caso de Gisela, quien nos cuenta que viene de una familia gremial, con un padre muy machista que no ayudaba a su madre en nada. Cuando este muere, Gisela queda embarazada, teniendo que interrumpir sus estudios universitarios y siendo obligada a casarse con el padre de su hijo. “Cruelmente aún se viven las costumbres familiares de la vergüenza”, se lamenta. Para sacar adelante a su familia, tiene que empezar a trabajar siguiendo los pasos de su padre en confecciones y costura. Atrapada en la precariedad y sufriendo abusos laborales en las calles donde deambulaba, todo empeora cuando su hijo sufre un accidente en la guardería y requiere atención médica. Con una pareja que no le colabora y una sobrecarga de responsabilidades, Gisela decide divorciarse, salir de la violencia psicológica en la que vivía, y retomar los estudios al tiempo que trabaja. Gisela ha logrado acabar su carrera y nos comparte que este año se titula. Añade que agradece estar entre mujeres y que piensa que son muchas las que necesitan ayuda y ser escuchadas. Su actual lucha es en contra de los dirigentes que no la toman en serio por ser joven y madre soltera. A pesar de que hoy en día su mamá no tiene “ni huellas en los dedos por haber trabajado tanto” como muchas otras mujeres dedicadas al trabajo informal, ella concluye en una nota positiva diciendo que quiere criar a su hijo varón con unos principios muy diferentes a los que la criaron a ella.
La falta de corresponsabilidad en la crianza es el factor principal tras la sobrecarga de trabajo en la mujer. Los cuidados se siguen considerando una labor femenina. El Estado y las contrapartes masculinas apenas brindan apoyo a las madres. Esto dificulta las posibilidades de la mujer de formarse, de autocuidarse o de crecer profesionalmente, comúnmente ocasionando que tenga que sobrellevar condiciones de trabajo indignas mientras hace malabares con el resto de las obligaciones diarias.
En relación a los cuidados, otra participante del acullico nos comparte que ella era la mejor alumna de su colegio, pero acabó trabajando en el mercado. La sociedad la hizo creer que era menos por ello. Le ofrecieron un trabajo de secretaria con un sueldo que apenas le alcanzaba para cubrir el pasaje de ida y vuelta, pero ella tenía que cuidar a su hija: “No había guarderías. Nunca ha habido guarderías adecuadas para las mujeres” nos comenta. Le tocó criar a sus tres hijos en el mercado, mientras trabajaba. Expresa que está orgullosa porque ha estudiado, trabajando y cuidando sus hijos al mismo tiempo. Hoy es egresada y se ha vuelto activista para continuar con la lucha:
“Tenemos que politizar esto. No solo tiene que ser un cuento de decir esto me ha pasado, aquello me ha pasado y seguir llorando y seguir sufriendo. Tenemos que politizar y hacer que el sistema de gobierno nos escuche, trabaje, que ponga guarderías buenas para que el trabajo que hagamos se dignifique, que nos paguen un salario justo y que no crezca la informalidad”.
Además, hace el siguiente llamado:
“Es momento de politizar nuestros dolores y decir basta: o hacen algo por nosotras y por nuestros problemas o entonces queremos gobernarnos nosotras. Porque lo vamos a hacer bien, equivocándonos o no, lo vamos a hacer bien”.
Ninguna mujer debería sobre esforzarse para criar a sus hijos, obtener un título académico o cubrir los gastos del hogar. Ya sea en el trabajo, en la casa, en la universidad, en el colegio o en la política, todas las mujeres hemos sufrido violencia. A veces, solapadas. Es por eso que este 8M el CPMGA ha decidido celebrar un acullico, una práctica ancestral andina convertida en espacio de diálogo en donde las mujeres pueden alzar su voz y luchar contra la violencia sufrida. Las mujeres no se callarán. Ha llegado la hora de denunciar las experiencias omitidas por miedo, por vergüenza o por impunidad y contrarrestarlas a través de la acción colectiva, la escucha y la empatía.
El problema no somos nosotras, fue el slogan que acompaño el Acullico, que además de compartir historias, fue un espacio para recordar que las mujeres no están solas, que el apoyo es mutuo cuando existe empatía y que los derechos conquistados no deben retroceder. La tarde culmino con un compartimiento festivo, música, baile y alegría para reforzar nuestros lazos de sororidad.
Esta iniciativa contó con el apoyo de We Social Momevent, la Agencia Francesa de Cooperación al Desarrollo y recibimos la visita del encargado de negocios de la Unión Europea en Bolivia, Adolfo Campos. Desde el CPMGA, agradecemos sinceramente su asistencia e interés por una vida libre de violencias.
